
La Educación Secundaria presenta particularidades críticas que el macroestudio de STEs-i sitúa como especialmente preocupantes: una desprotección absoluta frente a las conductas disruptivas y una creciente desconsideración por parte de las familias. En lugar de impartir nuestras materias, consumimos la jornada enseñando normas básicas de respeto; hemos convertido las aulas en un ‘curso de modales’ forzado. Esta lucha constante contra la indisciplina sume al profesorado en el hastío y la amargura profesional.
Cuando el personal docente padece menosprecio, agravios o incluso injurias y vejaciones, y traslada estos conflictos a instancias superiores, se encuentra con el cuestionamiento de su propia valía. La Administración, en lugar de amparar al profesorado, responde culpabilizando a la víctima bajo el pretexto de una supuesta falta de competencias para la resolución de conflictos.
A esto se suma un uso desmedido de la tecnología en el hogar que, lejos de ser una herramienta, está destruyendo la socialización y trasladando graves problemas de convivencia y falta de atención al entorno escolar.
Con el paso del tiempo, se han ido sumando tareas y responsabilidades al desempeño docente que exceden sistemáticamente la jornada laboral establecida. El profesorado se ve forzado a asumir la gestión de libros de texto y comedores; la elaboración de infinitos informes y planes de digitalización; la implementación de protocolos de acoso y suicidio; e incluso funciones propias de enfermería. Todo ello va “engordando” el horario laboral semanal, acumulando unas horas extra no remuneradas ni reconocidas.

