
Si históricamente el Bachillerato —especialmente su segundo curso— ha generado niveles críticos de estrés, hoy la situación es insostenible. Al profesorado se le imponen responsabilidades que exceden sistemáticamente su jornada: desde la gestión de libros hasta la ejecución de planes de digitalización y protocolos de salud mental, siempre bajo la constante ‘espada de Damocles’ que supone la Selectividad. Esta ‘hipertrofia de roles’ engorda fraudulentamente el horario laboral con horas extra que el sistema ni reconoce ni remunera.
A esta carga se suma una pinza asfixiante. Por un lado, la Administración legisla hacia una promoción casi automática y prohibiendo suspender para maquillar métricas internacionales, vaciando de contenido las materias y desincentivando el esfuerzo. Por otro, las familias exigen una ‘inflación de notas’ para competir con las calificaciones abultadas de la privada-concertada. En un escenario de universidades públicas que no aumentan desde el siglo pasado y privadas a precios estratosféricos, el docente se convierte en el blanco de una frustración social que desvirtúa la evaluación pedagógica.
Nos enfrentamos al descrédito y la falta de respeto de alumnado y familias, alentados por autoridades académicas y una corriente global que viene de la mano del mundo anglo-sajón que desprecia el saber.
Queremos enseñar con entusiasmo, y para ello es imperativo revalorizar nuestra tarea y sacar brillo a nuestra profesión: reclamamos ser docentes y no personal administrativo, informático, contable o psicólogo.

